Las heridas que dejan las palabras…

 LAS HERIDAS QUE DEJAN LAS PALABRAS…

  

Érase una vez un chico con mal
carácter. Su padre le dió un saco de clavos y le dijo que clavara uno
en la vieja verja del jardín cada vez que perdiera la paciencia o se
enfadara con alguien.

El primer día clavó 37 clavos. Durante
las semanas siguientes se concentró en controlarse y día a día
disminuyó la cantidad de clavos nuevos en la verja. Había descubierto
que era más fácil controlarse que clavar clavos.

Finalmente llegó un día en el que ya no
clavaba ningún clavo. Entonces fué a ver a su padre para explicárselo.
Su padre le dijo que era el momento de quitar un clavo por cada día que
no perdiera la paciencia. Los días pasaron y finalmente el chico pudo
decir a su padre que había quitado todos los clavos de la verja. El
padre condujo a su hijo hasta la verja y le dijo: ” Hijo mío, te has comportado muy bien, pero mira todos los agujeros que han quedado en la verja”.

Ya nunca será como antes. Cuando discutes con alguien y le dices cualquier cosas ofensiva,  le dejas una herida como ésta.

Puedes clavar una navaja a un hombre y
después retirarla, pero siempre quedará la herida. No importan las
veces que le pidas perdón, la herida permanecerá. Una herida provocada
con la palabra hace tanto daño como un herida física.

Los amigos y seres queridos son
joyas raras de encontrar. Están listos para escucharte cuando tienes
necesidad, te sostienen y te abren su corazón. Enseña a tus amigos y seres queridos cómo
les quieres.

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¿Por qué brotan
de nuestros labios palabras irreflexivas y desconsideradas?  

¿Es algo que tenga
remedio? ¡Gracias a Dios, sí!

 

«Todos
ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón
perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. He aquí nosotros
ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos
así todo su cuerpo. Mirad también las naves; aunque tan grandes, y
llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón
por donde el que las gobierna quiere. Así también la lengua es un
miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán
grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un
mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina
todo el cuerpo» (Santiago 3:2-6).
 


La
Biblia habla mucho de la influencia positiva  o
negativa que somos capaces de ejercercon
nuestras palabras:

«La muerte
y la vida están en poder de la lengua» 
(Proverbios 18:21).

«Hay
hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los
sabios es medicina» ( Proverbios 12:18).

«La lengua
apacible es árbol de vida; mas la perversidad de ella es quebrantamiento
de espíritu»   (Proverbios 15:4).  

Además,
en el libro de los Proverbios dice:

Si
quieres disfrutar de una vida larga, sana y provechosa,«guarda
tu lengua del mal»(Salmo 34:13).

   

Con
frecuencia nuestras palabras
ofenden
a los demás, aunque no
tengamos
ninguna mala intención.
Algunos
tenemos cicatrices en el cuerpo 
a
raíz de heridas y cortes que nos hicimos. 
Normalmente
no nos molestan, 
pero
nos recuerdan algo que nos
ocurrió
quizás años atrás.Sin
embargo, las marcas que deja en el corazón 
una
lengua áspera e hiriente nos perturban por mucho tiempo.Por
tu propio bien y el de los demás, presta
atención a lo que dices.

Es posible
que hayas oído decir o que hayas dicho tú mismo: «Las palabras me
resbalan». Lamentablemente, ¡eso no es cierto! Las palabras pueden
causar heridas muy profundas, que toman largo tiempo en sanar. Las heridas
del corazón quedan ocultas; nadie sabe de ellas excepto la persona
afectada, y por supuesto nuestro Padre celestial. Él sí las ve y nos
entiende; ¡pero es una pena que cualquiera de nosotros cause esas heridas
que dejan feas cicatrices!


Científicamente se ha demostrado que son necesarios cinco cumplidos seguidos para borrar las huellas perversas de un insulto. El efecto de la palabra desabrida es más perverso que la propia sucesión de hechos. El impacto del lenguaje es sorprendentemente duradero.

El arma más poderosa de los seres humanos no está en los puños, sino en
la palabra, y así como es capaz de alentar, fortalecer y ayudar,
también puede lastimar y destruir cuando se usa inadecuadamente. El
lenguaje, sin duda, puede enviar mensajes capaces de dejar profundas
huellas emocionales.

La ofensa, cuando llega al ofendido, es como una chispa que enciende
sentimientos como la ira, el enojo, el odio, deseo del mal para el
ofensor.Y los primeros frutos son palabras duras, palabras hirientes, palabras
de menosprecio, palabras de burla,  palabras irrespetuosas, palabras
groseras, palabras fuera de tono, palabras sucias, palabras
destructivas, palabras de maldición, palabras injustas.

¿Qué hacer para evitar ese espíritu de ofensa?


1. Controla tu temperamento.
Como parte de su personalidad evite ser de los que explotan por
cualquier cosa.  Cordura, buen juicio, discreción, sabiduría,
paciencia, prudencia, son cualidades que debemos abrazar para
desarrollar la mansedumbre y así no proceder de maneras que luego nos
harán lamentarnos.  Como dirían los abuelos: “Mejor prevenir que
lamentar”.  Eclesiastés 10:4 dice: “…la mansedumbre hará cesar grandes
ofensas”.

2. Analiza la situación.
La reacción natural es responder de inmediato a la ofensa.  Mejor,
antes de encenderse, sea frío, analice, póngase en los zapatos del
supuesto ofensor, pida consejo, y hasta pregunta al “ofensor” que quiso
decir para no equivocarse en su percepción.  Esto es lo que
popularmente se conoce como “conectar la lengua al cerebro”.

3. Pasa por alto la ofensa.
Es fácil decirlo, pero no es fácil naturalmente.  Sin embargo,
generalmente la reacción a la ofensa en forma dañina lo que puede hacer
es generar un dime que te diré que no arregla nada, y puede empeorar
las cosas.  Proverbios 19:11 dice: “La cordura del hombre detiene su
furor, y su honra es pasar por alto la ofensa”.


4. Perdona las ofensas.
Mateo 6:15 dice: “mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”.  Solo pensar que
no perdonar las ofensas de otros hace que mi comunión con Dios, fuente
de todo lo bueno, sea afectada, no vale la pena reaccionar en el papel
de ofendido.  Valoro más a Dios que al ofensor, y mejor perdono y vivo
en paz.

5. Busca la reconciliación.
Si crees que te ofenden, busca al ofensor y habla con él o ella.  Ir
con la actitud de reconciliación convierte enemigos en amigos.  Este
paso es más allá de pasar por alto la ofensa, y si “pasar por alto la
ofensa” es digno de honra (como vimos en un punto anterior), ¿dignos de
qué seremos si vamos más allá?


   El
remedio comienza por una transformación
del corazón —el nuestro—, pues
«de la abundancia del corazón habla
la boca» (Mateo
12:34).

Hay
una sola manera de controlar una lengua
desmandada: transformar el corazón,
el espíritu que la gobierna. El tratamiento
comienza con una oración para llenarse
del Espíritu Santo. Si vivimos en
el Espíritu, cada palabra nuestra
será amorosa y verdadera, pues Dios
es amor
(1 Juan 4:8).
 

¿Por qué brotan de nuestros
labios palabras
irreflexivas y desconsideradas?  

¿Es algo que tenga remedio?¡Gracias a Dios, sí!

   


Si Su
Palabra mora en ti, no andarás chismorreando o haciendo comentarios
desagradables e hirientes. A nosotros nos resulta imposible controlar
la lengua. «Ningún hombre puede domar la lengua» (Santiago 3:8);
¡pero Dios sí! «Para los hombres esto es imposible; mas para Dios
todo es posible» (Mateo 19:26).
 

Ábrele
tu corazón. 
Pídele
que te llene de Su Espíritu.

Él es
capaz de inundarte con Su Espíritu y de poseer tu lengua y tu vida,
de forma que la bondad fluya a través de ti.

Así te
convertirás en un torrente de bendición para quienes te rodean.
 

Confía
en que Dios te puede transformar.


En el
poema Oración vespertina, C. Maud Battersby expuso una oración
que deberíamos hacer todos los días:

Si
a alguien hice hoy sufrir, Señor,  

o
por mi culpa alguien tropezó,  

si
obstinado anduve en un error,

Si
dije algo en vano y no pensé  

que
mis palabras iban a ofender,  

y
si la angustia ajena ignoré,

Por
los pecados que reconocí 

y
por las faltas que tal vez no vi,  

perdóname,
y acércame a Ti,

perdóname.

perdóname.

Jesús
mío. Amén.

 

Fuente : Clavos ; La lengua Adaptación
de un texto por Virginia Brandt Berg; El espiritu de la ofensa Dr Guido Luis

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3 respuestas a Las heridas que dejan las palabras…

  1. zυℓмα dijo:

    "Antes piensa y luego habla; y después de haber hablado, vuelve a pensar lo que has dicho, y verás si es bueno o malo". Gustavo Adolfo BécquerQué pobres somos y cuán necesitados del amor de Dios estamos: Solo Él puede purificar nuestros corazones. Si pudieramos por un instante ignorar discuciones , perdonar cristianamente y amar al prójimo como el Señor nos manda el mundo sería muchisimo mejor….Excelente, me encantó y me llevó a la reflexión!

  2. SOLO QUEDA PEDIR AL PADRE COMO HIZO JESUS QUE APARTE DE NOSOTROS EL CALIZ DEL RESENTIMIENTO Y LA AMARGURA…

  3. Rosa M. Carrasco dijo:

    Gracias por la reflexión y saber que hay remedio para los reactivos

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