El otro milagro de los Andes

El otro “milagro de los Andes”

Cuando en 1972 un grupo de rugbistas
uruguayos volvió a pisar su tierra natal luego de que el avión en el
que viajaban se estrellara sobre la Cordillera de los Andes, mucha
gente lo consideró un milagro
. Sin embargo, ese no fue el único hecho
sorprendente registrado en las heladas montañas chilenas. Fernando
Parrado, uno de los sobrevivientes, sufrió durante el accidente un
fuerte golpe en la cabeza que lo tuvo más de dos días en coma. No
obstante, poco tiempo después logró no sólo recuperarse favorablemente
sino convertirse en protagonista fundamental de la odisea, al
embarcarse en una exitosa expedición con el objetivo de conseguir
ayuda.
¿Qué factores explican este extraordinario suceso? El neurólogo Conrado Estol, autor de un estudio sobre el caso, compartió con En Perspectiva sus reflexiones.

(emitido a las 9.04 hs.)

EMILIANO COTELO:
Es una de
esas historias que todos los uruguayos conocemos, y sin embargo cada
tanto aparecen novedades que hacen que el tema vuelva a ser comentado
tanto aquí como fuera de fronteras.

Me refiero a la tragedia de
los Andes, aquel accidente en octubre de 1972 que protagonizó un grupo
de uruguayos que viajaba en avión a Chile, un accidente del cual
terminaron salvándose 16 personas después de 72 días en la montaña.

En varias ocasiones nos hemos ocupado de aquella hazaña aquí En Perspectiva. Sin ir más lejos, en julio de 2006, a raíz de la publicación de su libro Milagro en los Andes, entrevistábamos a Fernando Parrado.

Hoy
les propongo que volvamos a centrarnos en Parrado y en su peripecia de
hace 37 años pero desde un ángulo novedoso y científico. La epopeya de
los Andes tiene tantas dimensiones que a veces se deja de lado que
Parrado pasó tres días en coma debido a un golpe que recibió en la
cabeza en el momento mismo de la caída del avión. Lo habían dado por
muerto y su cuerpo quedó tirado en la nieve afuera del fuselaje del
Fairchild. Pero repentinamente abrió los ojos, preguntó por su madre y
por su hermana, se unió a sus compañeros y con el correr de los días no
sólo se recuperó sino que junto con Roberto Canessa escaló la
cordillera y caminó durante 10 días en busca de ayuda, encontró al
arriero y volvió a la nieve con los helicópteros a buscar a los 16 que
todavía sobrevivían en diciembre del 72.

¿Qué es lo nuevo ahora? Se trata de un trabajo académico, publicado en la revista británica The Lancet,
con una investigación centrada en cuáles fueron los mecanismos que
hicieron posible que Parrado superara aquel primer traumatismo y
volviera a la vida.

¿Cuál fue la base científica de aquel primer
milagro? ¿Por qué un prestigioso neurólogo argentino decidió ocuparse
de este caso? ¿Qué utilidad tienen las conclusiones? Vamos a
averiguarlo en los próximos minutos en diálogo con el doctor Conrado Estol, a quien ubicamos en Buenos Aires.

EC
– Usted es neurólogo, tiene 50 años, nació en Estados Unidos (EEUU)
pero es nacionalizado argentino, ha realizado cursos y
especializaciones en las universidades de Pittsburgh, Harvard y Tufts;
es presidente de la Asociación Cerebrovascular Argentina; es fundador y
director de STAT Research, una compañía que realiza estudios médicos, y ha escrito numerosos trabajos y publicaciones en revistas internacionales.

Este artículo al cual vamos a remitirnos hoy se publicó en la revista The Lancet en agosto, ¿verdad?

CONRADO ESTOL:
Sí, hace solamente tres meses más o menos.

EC
– Nosotros vamos a ocuparnos de él porque supimos de su existencia el
fin de semana pasado en una nota que publicó el diario Clarín de Buenos
Aires. Ese fue nuestro punto de partida, por eso quisimos ubicarlo.
¿Cómo fue que usted tomó conocimiento del caso, por dónde vino su
curiosidad?

CE
– Por dos orígenes. En primer caso en EEUU, cuando trabajaba en Boston,
agrupado con médicos de la ciudad de Heidelberg en Alemania. A fines de
los 80, principios de los 90, nos interesó el efecto que tenía la
descompresión del cerebro cuando hay traumatismos cerebrales o cuando
ocurre un infarto cerebral, lo que se llama comúnmente una trombosis
cerebral. En esos casos, cuando hay una inflamación extensa, hay una
alta mortalidad porque el cerebro inflamado empuja al cerebro sano ya
que no tiene hacia dónde salir porque está el cráneo. Entonces la idea
fue que si sacamos el cráneo el cerebro inflamado puede descomprimirse
sin afectar el cerebro sano. De ahí surge esta idea que suena extraña:
sacar quirúrgicamente casi la mitad del cráneo de la cabeza de una
persona para que la inflamación pueda expandirse. Ese cráneo se guarda
en heladeras especiales o en el propio abdomen del paciente –se pone
debajo de la piel– durante unas dos a cuatro semanas mientras el
cerebro se desinflama. Después de ese tiempo, una vez que el cerebro se
ha desinflamado, se vuelve a poner el cráneo y la persona sigue con su
vida habitual. Ese procedimiento disminuyó muy significativamente la
mortalidad de pacientes que tenían traumatismos graves o inflamaciones
graves del cerebro.

EC – Es un procedimiento que así como usted
lo cuenta, y si lo escucha alguien que no está en el tema, suena
estremecedor, un poco espeluznante, pero creo que todos entendemos,
cuál es la utilidad. En definitiva se trata de sacarle la “tapa” al
cerebro.

CE – Literalmente lo que nos tocamos en la cabeza, el
hueso que rodea todo el cerebro, el cráneo, que está cubierto por el
cuero cabelludo. Y no puede ser un simple agujero, es una trepanación.
Se corta una gran extensión para que el cerebro pueda salir por ese
espacio que uno deja abierto; no es que salga totalmente pero sale una
proporción bastante importante y se va desinflamando con el tiempo. Esa
zona queda protegida, el paciente siempre está en terapia intensiva o
en una zona especial de internación, no hay riesgo posible para esos
pacientes, y se vuelve a colocar después de que pasa la inflamación.

La
idea se ha usado en la antigüedad, hay datos de hace 6.000 años, en
períodos paleolíticos en las zonas de lo que actualmente es Irak, de
que se hacían trepanaciones en el cerebro. Por supuesto que en esa
época no sabían por qué lo hacían, veían a alguien que se sentía mal,
alguien que se desmayaba, alguien que tenía una convulsión y pensaban
que hacer un orificio en el cráneo podía ser algo positivo. No era nada
científico, pero no era del todo mala la idea. Y hay evidencia –y esto
es lo más curioso de esa época, con cráneos que tienen 1.000 o 2.000
años de antigüedad– de que muchos pacientes de esa época sobrevivieron
a la trepanación del cráneo, lo cual es lo más sorprendente porque se
imagina que en esas épocas no se hacía con medidas de asepsia ni con
conocimientos quirúrgicos. Yo me he dedicado a terapia intensiva
neurológica y a trombosis cerebral y estábamos en esto.

Más
recientemente, alrededor del año 2005, tuve oportunidad en Uruguay de
escuchar a Nando Parrado dando una conferencia en la que hablaba del
accidente. Mientras lo escuchaba lo que me surgió como neurólogo
especialista en esta área de traumatismo craneal o terapia intensiva es
cómo sobrevivió este hombre a un accidente tan grave. Justamente detrás
de su fila se parte el avión, se arrancan los asientos de su fila,
mueren todas las personas que están en ella y él se da un golpe
evidentemente violentísimo –pensemos en un avión que desacelera de 400
km por hora a 0, cuando se detiene en el glaciar; el golpe que tiene
que haberse dado contra alguna parte del fuselaje fue tremendo–. Aparte
el hecho de que estuviera en coma casi tres días, cómo sobrevivió. De
ahí empezamos a pensar si podía haber una teoría científica atrás de
esa sobrevida.

EC – Y entonces decidió llevar adelante una investigación.

CE
– Sí, porque en terapia intensiva se hace lo de la cirugía
–probablemente una de las cosas más recientes y originales que se han
hecho para disminuir la mortalidad de traumatismos– pero hay otros
factores. Y al escucharlo no sólo me apasionaba e impresionaba la carga
emotiva de lo que contaba y lo que realmente pasó con esos chicos –en
ese momento tenían 19 años– sino que al mismo tiempo científicamente me
entusiasmaba pensando que podía haber una razón científica para esa
sobrevida y que paradójicamente la razón científica podría ser
precisamente el propio accidente.

El golpe produce fracturas.
Si usted mira los libros, él relata que sentía en su cabeza distintos
pedazos de hueso que se iban uniendo con el tiempo, que tenía una
cefalea muy severa que duró dos semanas, que sus amigos le decían que
tenía la cabeza como una pelota de basketball por lo inflamada que
estaba, o sea que hay evidencia de que hubo daño del hueso. En el año
2006 le hicimos una tomografía computada a Parrado que muestra una leve
asimetría y en la palpación también se nota claramente, lo cual sugiere
que probablemente hubo fracturas que permitieron que el cerebro
inflamado por el golpe tan severo que lo dejó en coma tuviera un lugar
hacia dónde expandirse. Esa es la primera pata de lo que habría sido un
“tratamiento” espontáneo de la naturaleza.

El segundo punto es
que por darlo por muerto lo ponen con los gravemente heridos y con
cadáveres en la entrada del fuselaje, en un área que seguramente estaba
expuesta a temperaturas de 0 o menos 15 grados, especialmente a la
noche, y eso lo expuso a una hipotermia, a temperaturas más bajas que
la temperatura corporal normal. Y el único método que se ha probado
efectivo para proteger neuronas dañadas –ya sea después de un paro
cardíaco o después lesiones, traumatismos– es la hipotermia. Para esto
se han probado cantidad de drogas y ninguna fue efectiva. Sin embargo
todos conocemos los casos de chicos rescatados de un lado helado, por
ejemplo en Canadá o EEUU, que han sobrevivido después de estar dos
horas bajo el agua, y eso es por el efecto protector de la baja
temperatura que alarga la vida de las neuronas dañadas o sometidas a
una injuria.

En este momento en EEUU, en la XXX Clinic, están
haciendo estudios con un casco que le ponen a pacientes con traumatismo
o con trombosis cerebral que les baja significativamente la temperatura
de la cabeza con el objetivo de proteger las neuronas.

Parrado
estuvo casi tres días expuesto a muy bajas temperaturas en esa zona del
fuselaje y quizás eso, nuevamente una acción totalmente casual de la
naturaleza, probablemente protegió su cerebro que estaba dañado por el
golpe.

Y la tercera pata, el tercer factor científico que
probablemente funcione y que se usa en terapia intensiva, es la
deshidratación. Durante esos dos días obviamente no recibió agua, y a
eso se sumó el efecto de estar a 4.000 metros de altura donde uno se
deshidrata más que en el desierto. El estar semi o totalmente
deshidratado le ayudó a controlar el edema cerebral que tenía por el
golpe.

Tres factores médicos de tratamiento que se dieron en cadena y en una forma totalmente casual.

EC
– ¿Esta interpretación de los hechos se le conformó en el mismo momento
que escuchaba la conferencia de Fernando Parrado?, ¿o a partir de lo
que Parrado decía usted después se puso a trabajar?

CE – Es
buena la pregunta porque como muchas cosas el descubrimiento no se da
en un instante sino que las cosas se van madurando. Si tuviera que ser
muy estricto diría que la primera vez que lo escuché tuve una sorpresa
ante la gravedad del accidente, cómo sobrevivió sin ningún tratamiento
72 días en la montaña.

 
 Fernando Parrado

Luego
lo volví a escuchar, creo que un año después, y ahí ya empecé a juntar
cosas. Lo conocí personalmente, conversamos, empecé a indagar y
llegamos al punto de que incluso le pedí que se hiciera una tomografía
computada en un sanatorio acá en Buenos Aires. Se fue gestando de esa
forma, pero la primera vez que lo escuché fue una sorpresa. Yo incluso
había leído el libro original, el del año 74, Viven, y luego el de él, El milagro de los Andes,
que creo que es de 2006, y no lo había pensado. Fue al escucharlo
directamente a él y después en una segunda oportunidad, ya conversando
con él, lo empezamos a hablar. Yo estoy muy familiarizado porque son
los tratamientos que hacemos en terapia intensiva con pacientes con
lesiones y veo esta paradoja de que quizás el propio accidente lo haya
ayudo a sobrevivir. Es más, si el accidente hubiera ocurrido en el
Amazonas o a nivel del mar, donde no hay una temperatura baja, o si no
hubiera estado tan mal herido o hubiera habido gente más grande o
médicos o profesionales graduados –Canessa estudiaba medicina pero era
un chico de 18, 19 años– quizá lo hubieran hidratado, se habrían dado
cuenta de que no estaba muerto, y quizás todas esas cosas no habrían
ayudado, quizás habrían empeorado el edema cerebral y no se habría
salvado. Tenía que darse todo exactamente tal cual se dio.

EC – ¿Cómo reaccionó Parrado cuando usted le contó que estaba haciendo este análisis?

CE – Con mucho interés.

EC – ¿Cuánto tuvo que colaborar con usted a partir de ese momento?

CE
– Eso también es interesante. Creo que usted dijo la palabra “trágico”,
y lo es. Al mismo tiempo, usted escucha a Parrado dar la conferencia
–es al único de ellos que he escuchado dar una conferencia– y es
fantástico escuchar ese mensaje de esperanza, de optimismo. Y lo que él
subraya, que no puede arrepentirse de lo que pasó porque por lo que
pasó él es quien es hoy, y es una persona feliz, tiene una familia y
volvió a ver a su padre.
Él toma esto con una filosofía muy especial
porque uno desde afuera, escuchando los hechos, piensa que sería muy
natural que muchas personas quisieran evitarlo, uno mismo ha tenido
traumas menores en la vida y quizás los niega. Él se mostró interesado
desde el primer momento, lo hemos hablado infinidad de veces. Por
supuesto dio todos los permisos, yo los tenía que tener para publicar
esto –The Lancet tiene 200
años de antigüedad y creo que es justo decir que debe ser una de las
revistas más importantes en ciencia en el mundo–. Nos hemos juntado a
hablar varias veces y le he preguntado detalles para tratar de
confirmar lo más estrictamente posible si esta especulación, esta
teoría, tiene un asidero y una base cierta.

EC – ¿Cuánto tiempo le llevó escribir este artículo y decidirse a publicarlo?

CE
– Esa también es una pregunta interesante. La verdad es que escribir
cualquier cosa científica es un trabajo bastante grande y hay todo un
espectro de cosas. En este momento estamos escribiendo algo de
hipertensión, un estudio en 20.000 pacientes en el mundo en el que
comparamos qué efecto ha tenido una medicación en la presión arterial
de personas según la raza, comparamos la población asiática con otras.
Eso envuelve estadísticos y equipos de hasta 15 personas para publicar
un trabajo. Y después hay trabajos de este tipo –lo que se llama
“reporte de un caso”, como éste, donde reporto el caso de Parrado– y
eso le da valor a lo que pasó y a la teoría, porque en general hoy en
día las revistas tienden a publicar lo que tenga más metodología
científica y estadística. El reporte de un caso es inusual, en la
revista evidentemente han visto el valor y el interés que puede tener
esto pero es inusual. Todos los trabajos, ya sea el que requiere la
estadística, hecho en miles de pacientes, o el reporte de un caso son
trabajos que requieren mucha revisión…

EC – A partir de un estudio como este, de un artículo como el suyo, ¿qué consecuencias pueden desprenderse?

CE
– Todavía se están haciendo estudios sobre los efectos con metodologías
científicas terapéuticas. Se está buscando cuál es la forma de bajar
artificialmente la temperatura del área del cerebro dañada. Se ha
probado por ejemplo inyectar soluciones heladas en el individuo, pero
se baja la temperatura de todo el cuerpo y eso puede producir
complicaciones cuando se vuelve a subir la temperatura. La persona
puede estar solamente algunas horas, quizás un día o como mucho un par,
a temperaturas de 32,33 grados y al volver a la temperatura normal se
producen lesiones y anormalidades en las proteínas del cuerpo. Por eso
se ha buscado bajar exclusivamente la temperatura en el cerebro y por
eso se sigue probando el casco del que yo le hablaba. Todavía no hay un
método estándar para bajar la temperatura, que sería algo muy útil ya
que lamentablemente no hay drogas que prueben efectividad en proteger
neuronas dañadas.

Y la craneotomía –sacar el hueso del cráneo–
está adquiriendo un auge tremendo. Si bien todavía no es usual, su uso
está aumentando exponencialmente en el caso de traumatismo y
especialmente en infarto cerebral, que es la segunda causa de muerte en
el mundo, o sea que es una enfermedad que ocurre muy comúnmente. Muchos
infartos son chicos y por supuesto no requieren de la craneotomía, pero
en los infartos más grandes, que deben ser probablemente un 15 a 20% de
todos los infartos, sí.

Y una madeja también es cómo se recupera, porque en el momento…

EC
– …a eso iba con la pregunta siguiente, porque Parrado no solamente
logra sobrevivir sino que 20 después es uno de los dos, junto con
Canessa, que logran cruzar la cordillera, caminar más de 10 días hasta
que terminan encontrando ayuda.
Ningún médico le hubiera recomendado
eso a un paciente que hubiese pasado por un traumatismo como aquél.

CE
– Eso es remarcable. En el año 72 ningún médico le habría hecho ese
tratamiento que Parrado recibió en la naturaleza; si a Parrado lo
hubieran transportado inmediatamente a la clínica Mayo en los EEUU, en
la mejor terapia intensiva del mundo, no le habrían hecho los
tratamientos porque no existían.

Por otro lado, como usted dice,
la recuperación es increíble. Si bien sabemos perfectamente, y lo vemos
regularmente, que gente que está en coma se puede despertar a los dos
días, a los cinco, o a los 20, en general la persona no se despierta en
un buen estado físico o no es tan simple su recuperación. En el momento
en que se despierta él pregunta por su familia, por su madre, su
hermana, y se arrastra hasta la hermana que estaba herida –estaba en
coma– y eso ya muestra que neurológicamente en el momento de despertar
estaba intacto; él veía bien, se comunicaba bien, movía los brazos y
las piernas, o sea que no hubo secuela neurológica en ningún momento.
Incluso pocos días después empiezan las expediciones a la cola del
avión y en una de ellas él tiene que cargar a uno de los compañeros
porque empieza una tormenta. El compañero cae y aunque habían un hecho
un pacto de no ayudarse porque corrían el riesgo de morir tanto el que
ayudaba como el ayudado él igual lo cargó y volvió al fuselaje, lo que
demuestra un estado físico muy bueno. Y por supuesto ese viaje de 10
días. En 2006 National Geographic se ocupó de mandar una expedición de
andinistas profesionales, con equipamiento especial, al lugar para
hacer el mismo recorrido, e increíblemente los profesionales tardaron
exactamente los mismos 10 días que tardaron Canessa y Parrado sin
equipamiento especial. Y esto a pesar de los aproximadamente 40 kilos
que perdió Parrado en estos 62 días antes de empezar ese viaje.
Evidentemente la recuperación desde el punto de vista neurológico tenía
cero secuela.

EC – Cero secuela desde el punto de vista
neurológico, pero además impresiona el impacto reducido en el físico en
general de Parrado ¿no?

CE – Sí, ahí creo que funcionan dos
cosas. Creo que la edad tiene que ver como un factor positivo. La edad
y todo lo que se ha discutido sobre el espíritu de equipo, que es
especialmente fuerte en el rugby; y ahí viene la psique, o sea la parte
emocional y la parte cerebral. Creo que el que fueran tan jóvenes ayudó
a la parte emocional y psíquica. Quizás una persona más adulta –y no
hablo de una persona mayor, que jamás habría aguantado físicamente esta
saga–, de 35 o 40 años, razonando la situación en que estaba,
pensándola, no sé si habría tenido la fortaleza psíquica para
soportarlo, para organizarse como lo hicieron y emprender lo que
hicieron en todo momento, no solamente en el momento en que decidieron
irse. Así que el título del libro de Parrado, o como se lo llama
usualmente, El milagro de los Andes,
c
reo que es más que perfecto por la cantidad de eventos que se dieron.
Y más si agregamos esta parte médica, ya que él fue uno de los que más
insistió en salir y emprender esta búsqueda de una solución. Realmente
es el título más apropiado porque son una cantidad de eventos
inusualmente concatenados para el resultado que se tuvo.

Fuente: reportaje de El espectador, Uruguay
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