AMOR SOLIDO EN TIEMPOS LIQUIDOS (Sergio Sinay)

Amor sólido en tiempos líquidos

Por Sergio Sinay

Leí en “Amor líquido”, de Zygmunt Bauman, que las “relaciones de bolsillo” son usadas cuando se las requiere para un determinado propósito. ¿Nuestra sociedad líquida nos lleva a querer relacionarnos sin soportar el peso de los vínculos? Vivimos en una sociedad que continuamente cambia, ¿estas relaciones frágiles y sin consistencia en gran medida son posibles por el fenómeno Facebook? (MartIn Ruy Molina, 18 años, Buenos Aires )

 

¿Puede una persona desaparecer, no desear más el contacto con otra, sin dar explicación alguna y dejando un tendal de interrogantes para el otro? ¿Es factible una relación con alguien que de repente se aleja, sin dar razones? ¿Cómo tener pautas para no relacionarse con quienes con su indiferencia pueden causar mucho daño? (Mercedes Araujo )

La sombra de la fugacidad y de la precariedad afectiva tiñe las inquietudes de nuestros amigos Mercedes y Martín. Ambas miradas confluyen en un mismo diagnóstico: como alguna vez dijo Karl Marx (en otro contexto), todo lo sólido se disuelve en el aire. Cuando vivimos utilitariamente todo debe servir para algo y ser conveniente, incluso un vínculo humano. No es tierra fértil para el amor. El amor, dice el sociólogo polaco Zygmunt Bauman (a quien nombra Martín), anhela conservar al amado, extenderse hacia él; es un impulso centrífugo, diferente del mero deseo, que al ser centrípeto toma y atrae hacia sí. El amor busca en el otro al sujeto; el deseo, en cambio, hace del sujeto un objeto. El amor procura conocer al otro, ahondar en su misterio; el deseo, una vez consumido lo deseado, necesita renacer con otro objeto.

 

Vivimos una era de deseos fugaces, estimulados intensa y artificialmente. Los vínculos que se consolidan necesitan tiempo. Dos sujetos, al fundar un vínculo, honrarlo y arraigarlo, crean un “tercer cuerpo”, como explica con belleza la terapeuta junguiana Connie Zweig en “Vivir con la sombra” (escrito en colaboración con Steve Wolf). Ese es el cuerpo de la pareja, que necesita de la concurrencia e integración de quienes se aman. Aquí cuerpo no alude sólo a lo físico, sino a la totalidad del individuo. Son dos personas que se arriesgan a descubrir cada una en compañía de la otra los aspectos más recónditos de su propio ser. Eso requiere tiempo, decepciones, comprensión, creatividad, presencia, compromiso. Toda relación verdadera es una construcción, hechos, acciones, conductas. Si veo al otro en términos de conveniencia, como un objeto que satisface mi deseo (no sólo sexual, también el de ahuyentar la soledad o mostrarme ante los otros), no hay construcción posible. Es inútil creer que la ilusión de uno puede enmendar la manipulación del otro. Muchas veces el sufrimiento no sólo se origina en la perversión del manipulador, sino en la ceguera del manipulado, que insiste en ver lo que no hay.

Amar, creo, es descubrir y honrar la singularidad de la otra persona, preocuparse por los sentimientos de ella como lo hacemos con los propios; es confiar en que existe en mí algo digno de ser amado, como lo hay en la otra persona, y que ambos nos lo descubriremos y ofreceremos.

Por supuesto, el amor no puede inventarse y nadie está obligado a amar a otro. No elegimos amar a alguien. Pero estamos obligados a respetarlo.

Desaparecer sin explicaciones de una vida en la que se ha entrado equivale a tratar al otro como objeto. Y muchas de las relaciones del mundo virtual e informático van en esa dirección. Se basan en falsas identidades, en falsear lo que uno en realidad es, en ofrecer lo que no se tiene, en rapiñar y desaparecer valiéndose del anonimato de un medio ideal para los vampiros vinculares. Se basan, también, en espiar vidas ajenas, en espiar a quien se dice amar y, por fin, en borrar a quien ya no conviene seguir vinculado. Se hace normal tratar al otro como objeto, se lo deshumaniza. Con todo, los fenómenos como Facebook no crean estas situaciones, sino que las evidencian. El todo vale afectivo comienza con el vale todo como modelo de vida, cuando en el festín consumista del usar, tirar e ir por más, de vivir con velocidad y sin sentido, entra también el prójimo como un bien de consumo.

Considerar a otra persona con respeto, tratarla como el sujeto que es (y no como un objeto o un medio), amar de cuerpo presente, con acciones reales, no es algo que convenga o no convenga, no tiene fines ni utilidad. Simplemente confirma nuestra humanidad. En términos de sentimientos y valores, hace sólido lo líquido. Hace permanente lo fugaz.

punta del este

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