VIRGEN DE LA MEDALLA MILAGROSA o NUESTRA SEÑORA DE LA RUE DU BAC

VIRGEN DE LA MEDALLA MILAGROSA

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La noche del 18 de julio del dicho año, 1830, fue la escogida por la Virgen Santísima para hacer entrega de sus cartas credenciales a la Venerable Hermana Catalina Labourè.

Para detalles, nadie como la propia Sor Catalina, quién así lo describe: Era tanto mi deseo de ver a la Virgen, que me acosté con la confianza de que San Vicente había de conseguírmelo de la Señora. Serían no más que las once y media de la noche. cuando oí que me llamaban: “Hermana. Hermana, Hermana”. Desperté; miré del lado por donde la voz venía. Corrí la cortina; y vi a un niño, como de cinco años que vestía de blanco; y así me dijo: “Ven a la capilla, que allí te espera la Virgen”. Tranquilizada por él, dime prisa en vestirme; y le seguí… No pequeña fue mi sorpresa, viéndolo todo iluminado; mas esta mi sorpresa creció de punto ante la claridad de la capilla. Recordábame ésta la misa de Navidad. Sin embargo, por ningún lado se echaba de ver la presencia de la Virgen.

Arrodillada, hacíaseme largo el tiempo de espera. Acrecíalo el temor de verme descubierta. Llegó la hora. Y el niño me previno con estas palabras: “Mira, ahí tienes a la Virgen Santísima”. Noté como un roce de sedas que se dirigía al lado del Evangelio, a un sillón que allí había. Era la Virgen, quien se me ofrecía sentada. Creo imposible describir cuanto veía y ocurría en mi: algo así como un temor de verme engañada; y de que aquella a quien yo veía, no fuera la Santísima Virgen. Mas, el ángel de mi guarda -que no era otro el niño- me increpó un tanto severo y sin más dudar, me arrodillé junta a Ella y puse mis manos en su regazo”

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Y allí, mano a mano, como de Madre a hija, “quiero, hija mía, me dijo, nombrarte por mi embajadora. Sufrirás no poco; mas vencerás, pensando ser todo para la gloria de Dios. Con sencillez y confianza di cuanto entiendas y veas”. Prudente la Hermana, pidió prendas de cuanto había visto y oído. Prenda que la Señora le dio cumplidas. Profetizó la Hermana. Presto y cuando menos se esperaba, tuvieron sus profecías cabal cumplimiento.

En estas se hallaba el asunto, que acreditaba la misión de Sor Catalina Labouré, cuando la Virgen María tuvo por bien dejarse ver otra vez en la tarde del 27 de noviembre del mismo año.

Demos la palabra a Sor Catalina: Vi a la Virgen Santísima en todo el esplendor de su belleza. Indecible al labio humano. . . . Bañada de luz su figura. Asentaba los pies sobre una media esfera… En sus manos, a la altura del pecho, otra esfera más pequeña. Alzados los ojos al Cielo, noté cómo sus dedos tenían anillos, de los cuales brotaban pequeños haces de luz…. Viendo lo cual, oí una voz que así me dijo: “Figura el globo al mundo entero y a todos y cada uno de los mortales.” “Son los rayos símbolo de cuantas gracias concedo a quienes me las piden”.

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Gozaba la Hermana con lo ya visto, cuando al punto – prosigue la misma- hízose en torno de la Virgen Santísima a modo de óvalo con estas palabras, en caracteres de oro: “¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!”

Volvióse la visión y notó la Hermana una letra M y sobre ésta una Cruz descansando en una barra. Debajo de lo anterior, el Corazón de Jesús coronado de espinas y el de María atravesado con una espada, y todo ello  ello, circundado con doce estrellas. Se dejó oír al mismo tiempo una voz, que así decía: “Acuñad una medalla según el modelo. Cuantos la lleven consigo, recibirán gracias sin cuento… Llevadla con entera confianza.”

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Difusión Prodigiosa

A toda luz resulta claro que Sor Labouré, no de menguados ánimos, sintiera vivos deseos de ver acuñada la medalla. Le salió al paso la fría prudencia de su director, el P. Aladel, C.M. Y ésta, junto con otras circunstancias, dieron no poco que sufrir a la Hermana. Acuñada, por fin, la Medalla en 1832, hízose luego dueña del mundo entero. El pueblo cristiano, a vista de tanta enfermedad ahuyentada, de tanto mal hábito quebrantado, y virtudes adquiridas; de tanto peligro alejado y bendiciones obtenidas por la Santa Medalla, dio en llamarla Milagrosa. Nombre que ostenta con primacía sobre todo otro objeto de devoción.

Papas y reyes; grandes y pequeños de todas las edades, la proclaman de entonces acá la Medalla de María Milagrosa. Se cumplió así el anhelo de Sor Catalina: “Por la Medalla será María la Reina del universo.”

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Explicación de la Medalla

El mensaje principal de estas apariciones ocurridas el 18 de julio y el 27 de noviembre de dicho año fue presentar al mundo una medalla en que la Virgen aparece como Inmaculada, Reina, Corredentora y Medianera de las gracias.

La Santísima Virgen en persona presentó a Sor Catalina el modelo de esta medalla: “Haz acuñar una medalla conforme a este modelo. Las personas que la llevan con confianza recibirán abundantes gracias”.

Miremos la Medalla y descubramos en sus dos caras que se complementan el Mensaje esencial del Misterio de la Salvaciòn.

Anverso de la Medalla

María Inmaculada, Madre de los hombres.
María, mensajera, de la ternura de Dios, se muestra en pie.
Viene hacia nosotros con las manos abiertas y en actitud de acogida.
María es la sin pecado. Por eso aplasta la cabeza de la serpiente.
Se lee una oración “Oh María sin pecado concebida rogad por nosotros que recurrimos a vos”.
Nos da a conocer que es la Inmaculada Concepción.

Reverso de la Medalla

El proyecto de amor de Dios hacia los hombres.

La M coronada por la cruz: María esta íntimamente unida al misterio de la Pasión y de la Cruz de su Hijo, desde el Pesebre hasta el Calvario.

Dos corazones: el de Jesús y el de María. Representan la fuerza del amor que llega hasta la entrega total. María entró plenamente en ese Misterio de Amor de nuestra redención.

Doce estrellas: Jesús estableció su Iglesia sobre el fundamento de Pedro y sus Apóstoles.

María Estrella de la Evangelización.
Los fieles la llaman “Medalla Milagrosa” proclamando así que es un signo, el signo de la protección maternal de María.

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Santa Catalina Labouré

Catalina Labouré Catalina nació el 2 de mayo de 1806 en una familia de campesinos en Fain-les-Moutiers, al Sur-Oeste de Montbard. Fue el octavo hijo de una familia de diez.

Luisa, la hermana mayor de Catalina, era Hija de la Caridad y Catalina estaba en contacto con las Hermanas del Hospicio de Moutiers-San-Jean. Tenía entonces 22 años. Estando tan cerca las Hijas de Caridad, ella pensó entrar en esa Comunidad. Llegó el tiempo a Catalina de hablar con su padre sobre su vocación. Su contestación fue instantánea y formal: “Tu no te irás” Pedro quería quitar la idea a su hija a cualquier precio. Quizás una estancia en París con su hijo Carlos que tenía un restaurante de clase media podría hacerle cambiar de idea.

Después de gran vacilación, finalmente su padre le dio su consentimiento. El 21 de abril de 1830, Catalina empezó su Seminario (noviciado) en la casa Madre en la calle delBac en París. Fue aquí, en  la capilla en que las Apariciones de Nuestra Señora tuvieron lugar… ( Notre Dame de la Rue du Bac)

Poco tiempo después de completar su formación sus Superiores la enviaron a Enghien, Reuilly, en París a una casa para el cuidado de ancianos. Allí estuvo el resto de su vida. Las apariciones fueron una inspiración para la vida de servicio de Sor Catalina. La Virgen María le había revelado el rostro de Dios en aquéllos que sufren.

Catalina tuvo apariciones, pero su santidad fluyó de su habilidad de ver a Cristo en la vida diaria: sobre todo en el pobre:

“Tuve hambre y me diste de comer…
Estaba enfermo y en la prisión y me visitasteis…
Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños,
a mí me lo hicisteis”. (Mateo 25, 37-41)

Sor Catalina pasó 46 años de su vida en Reuilly, en la humildad y el servicio a los ancianos. Ella fue realmente, como Pío XII declaró en el momento de su Canonización:

“La Santa que vivió una vida obediente y silenciosa”. A su muerte en 1876, la enterraron en una tumba bajo la capilla de la Casa de Reuilly. En 1933 su cuerpo fue colocado en un relicario bajo el altar de Nuestra Señora en la rue du Bac. Tiene puesto el hábito que llevaron las Hijas de la caridad hasta 1964.

medalla milagrosa y catalina

ORACIONES

SÚPLICA DE LA MEDALLA MILAGROSA
Se reza a las 5 de la tarde del 27 de noviembre, Fiesta de la Medalla Milagrosa,
y en las necesidades urgentes, cualquier día, a esa hora

Oh Virgen Inmaculada, sabemos que siempre y en todas partes estás dispuesta a escuchar las oraciones de tus hijos desterrados en este valle de lágrimas, pero sabemos también, que tienes días y horas en los que te complaces en esparcir más abundantemente los tesoros de tus gracias. Y bien, oh María, henos aquí postrados
delante de Ti, justamente en este día y hora bendita, por Ti elegida para la manifestación de tu Medalla.

Venimos a Ti, llenos de inmensa gratitud y de ilimitada confianza en esta hora por Ti tan querida, para agradecerte el gran don que nos has hecho dándonos tu imagen, a fin que sea para nosotros testimonio de afecto y prenda de protección. Te prometemos, que según tu deseo, la santa Medalla será el signo de tu presencia junto a nosotros, será nuestro libro en el cual aprenderemos a conocer, según tu consejo,
cuánto nos has amado, y lo que debemos hacer para que no sean inútiles tantos
sacrificios tuyos y de Tu Divino Hijo. Sí, Tu Corazón traspasado, representado en la
Medalla, se apoyará siempre sobre el nuestro y lo hará palpitar al unísono con el
tuyo. Lo encenderá de amor a Jesús y lo fortificará para llevar cada día la cruz
detrás de Él.

Ésta es tu hora, oh María, la hora de tu bondad inagotable, de tu misericordia
triunfante, la hora en la cual hiciste brotar, por medio de tu Medalla, aquel
torrente de gracias y de prodigios que inundó la tierra. Haz, oh Madre, que esta
hora que te recuerda la dulce conmoción de Tu Corazón, que te movió a venirnos a
visitar y a traernos el remedio de tantos males, haz que esta hora sea también
nuestra hora, la hora de nuestra sincera conversión, y la hora en que sean
escuchados plenamente nuestros votos.

Tú, que has prometido justamente en esta hora afortunada, que grandes serían las
gracias para quienes las pidiesen con confianza: vuelve benigna tu mirada a nuestras
súplicas. Nosotros te confesamos no merecer tus gracias, pero, a quién recurriremos
oh María, sino a Ti, que eres nuestra Madre, en cuyas manos Dios ha puesto todas sus
gracias? Ten entonces piedad de nosotros. Te lo pedimos por tu Inmaculada
Concepción, y por el amor que te movió a darnos tu preciosa Medalla. Oh Consoladora
de los afligidos, que ya te enterneciste por nuestras miserias, mira los males que
nos oprimen.

Haz que tu Medalla derrame sobre nosotros y sobre todos nuestros seres queridos tus
benéficos rayos: cure a nuestros enfermos, dé la paz a nuestras familias, nos libre
de todo peligro. Lleve tu Medalla alivio al que sufre, consuelo al que llora, luz y
fuerza a todos. Especialmente te pedimos por la conversión de los pecadores,
particularmente de aquéllos que nos son más queridos. Recuerda que por ellos has
sufrido, has rogado y has llorado. Sálvanos, oh Refugio de los pecadores, a fin de
que después de haberte todos amado, invocado y servido en la tierra, podamos ir a
agradecerte y alabarte eternamente en el Cielo. Amén.

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Triduo en honor de la Virgen de la Medalla Milagrosa.

Por la señal de la Santa Cruz, etc.

ACTO DE CONTRICION.

Oración para todos los días:
¡Oh María sin pecado original concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!
¡Dulcísima Reina de los cielos y de la tierra!; que por amor a los hombres te dignastes a manifestarte, a vuestra sierva Sor Catalina, con las manos llenas de rayos de luz; a fìn de hacer saber al mundo que deseas derramar abundantes gracias sobre todos los que con confianza te piden; Concèdeme Madre mía, que a imitación de Sor Catalina derrames en mi alma la luz necesaria para conocer mi nada y mi miseria; y lo mucho que debo a mi Padre Dios, por tantísimos beneficios, como me ha dispensado; y que cumpliendo su voluntad en esta vida; pueda gozarle en Tu compañía eternamente en el cielo. Amén.

Tres Ave Marías, y 3 veces la jaculatoria “Oh María sin pecado original concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”.

Primer Día:

¡Amorosísima Madre mía!, que placer tiene mi alma, cuando considero que tantos deseos tienes en concederme vuestros favores; que no esperas otra cosa, sino que acuda a Tì, para remediar nuestros males y llenarnos de vuestras gracias y dones.
Oh María, mi Madre amada, reina de la Corte Celestial, te ruego que todos acudamos siempre a Tì, como nuestra única esperanza.

Oración Final:

Acuérdate, ¡Oh piadosísima Siempre Virgen María!, que no se ha oído decir jamás; que ninguno de los que han recurrido a vuestra protección, e implorado vuestro socorro, haya sido abandonado de Tì. Animado con esta confianza, ¡Oh Virgen de las Vírgenes!, a Tì vengo; gimiendo bajo el peso de mis pecados, me postro a Tus pies.
¡Oh Madre del Divino Verbo!, no desprecies mis súplicas; antes bien, escúchalas favorablemente, y dignate acogerlas. Amén.

Tres veces la jaculatoria: “Oh María sin pecado original concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”.

Segundo Día:

¡Santísima Madre de Dios!, ¡Señora nuestra y mi tierna Madre!; que consuelo tan grande siente mi corazón, cuando contempla Tu imagen, como te viò Sor Catalina, con un globo en vuestras Divinas Manos, que representaba toda la tierra, y lo estrechabas sobre vuestro pecho; simbolizando así el amor que tienes a los hombres. Concèdeme, ¡oh Divina Madre Eterna! ¡Oh Madre mía!, el que sepamos corresponder a tanto amor, procurando imitar vuestras virtudes. Así sea.

Continúe con la oración final.

Tercer Día:

¡Virgen Inmaculada!. ¡Celestial Madre mía! Con que placer llego ante Tu Santísimo Altar; para contemplar Tus virtudes y exponer mis penas. Que aliento santo cobra mi espíritu, al acercarme ante Tu Sagrada Imagen; donde veo representada la más profunda humildad; una modestia admirable y el resto de todas las perfecciones con que el Señor Dios te adornó.

Haz ¡Madre Santísima!, ¡Divina y Celestial Señora! ¡Reina del Clero, de los apóstoles! ¡Madre del Mecías! ¡Hija predilecta de Dios Padre! Que oigamos siempre Tus maternales avisos, para que arrepentidos de nuestras culpas, e imitando vuestras virtudes; logremos la inmensa dicha de estar contigo en el cielo, por toda la eternidad. Así sea.

Continúe con la oración final.

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